

Cuentan que tenía una energía desbordable y un carácter excéntrico y solitario. Dicen que bebía mucho y que era promiscuo sexualmente. Comentan que su niñez fue dura y su adolescencia también. Hablan de un desorden descarado en su taller y de gustos inusuales y atípicos...
Y son sus cuadros los que tal vez acumulan las inquietudes de un Bacon ya adulto: son unas imágenes tan desgarradoras como inquietantes, tan descarnizadas como violentadas, tan atormentadas como solitarias...representa personas desfiguradas y atrapadas en un mundo propio, ambiguas y espectrales, que se revuelven y se agitan incrédulas, insostenibles por sí mismas, sotenibles por objetos cotidianos degradados en un espacio cerrado y vacío, acosadas y desarmadas, débiles e infrahumanas; el alma quiere escapar del cuerpo. Y son también los gestos de los personajes, algunos de ellos retratos de conocidos, espasmos de dolor, gritos subliminales, víctimas de la negación y de la autodestrucción, congelados en una postura tan irreverente como analíticamente frágil.

Da la impresión de que si alargas la mano para ayudarlos se van a desintegrar algunos, se van a desmaterializar otros, se van a deformar hasta ser irreconocibles: su cuerpo es masa moldeable, insustancial y, como tal, anónima. Su cuerpo es, hablando de forma frívola, un cadáver en descomposición, anacrónico y desvinculante de la realidad.
Sus cuadros significan el atropello del yo, una sacudida a la personalidad, pérdida de autoridad y confianza, el desencanto de lo que somos y dónde somos: es la angustia vital del hombre del siglo XX de la cual habla el filósofo Gilles Deleuze en su ensayo Logique de la sensation.

